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El Congreso le dio a la industria del casino lo que pedía. Luego añadió la letra pequeña.


Un apostador puede perder dinero este año y aun así pagarle impuestos al IRS
Eso no es un error tipográfico. Es la consecuencia más silenciosa de la One Big Beautiful Bill Act, la ley fiscal firmada por el presidente Trump el 4 de julio de 2025, cuya letra pequeña entró en vigor el 1 de enero de 2026. A partir de ahora, los apostadores en Estados Unidos solo pueden deducir el 90% de sus pérdidas contra sus ganancias, no el 100% como permitía la norma anterior. Resultado: alguien que gana 15.000 dólares jugando y pierde 20.000 en el mismo año queda expuesto a tributar sobre ingresos que, en la práctica, nunca tuvo.
La industria lleva meses denunciando este efecto. Jason Robbins, director ejecutivo de DraftKings, señaló en declaraciones públicas que la lógica de la medida es directamente cuestionable: pagar impuesto sobre renta que no existe. El representante Jason Smith, de Missouri, presidente del Comité de Medios y Arbitrios de la Cámara, calificó la disposición de "error". Ninguno de los proyectos para revertirla ha avanzado a votación.

Lo que sí mejoró: el umbral de reportes que no cambiaba desde 1977
La misma ley tiene su cara más amable. El umbral a partir del cual los casinos deben emitir un formulario W-2G, ese papel que detiene la máquina, llama al empleado y activa el proceso de reporte fiscal, subió de 1.200 a 2.000 dólares. Y, a diferencia del umbral anterior, se ajustará con la inflación cada año.
El cambio parece modesto. No lo es. La cifra de 1.200 dólares llevaba sin moverse desde 1977; ajustada a la inflación de hoy, equivaldría a unos 6.400 dólares. La Asociación Estadounidense de Juego había pedido elevar el techo hasta 5.000 dólares para máquinas de baja complejidad como tragamonedas, keno o carreras de caballos. No llegó tan alto, pero el sector lo tomó como una victoria parcial después de años de cabildeo. Chris Cylke, vicepresidente senior de relaciones gubernamentales de la AGA, describió el ajuste como "una modernización largamente esperada que reduce las cargas regulatorias y mejora la experiencia del cliente."
El efecto práctico en el casino floor es inmediato: menos paradas de máquina, menos tiempo de espera para el jugador, menos carga operativa para los operadores. En Las Vegas, donde los jackpots superiores a 1.200 dólares son rutinarios en máquinas modernas, la reducción de interrupciones ya se siente.
Hay, sin embargo, una ironía de escala humana enterrada en esta historia. La misma ley que moderniza el techo impositivo para el apostador recreativo aprieta el tornillo sobre el apostador profesional o de alto volumen, que es quien más pierde con la restricción del 90%. La industria consiguió lo que pedía para el mostrador, y perdió lo que no vigilaba en el balance.
Nueva Jersey lidera la ofensiva estatal contra la adicción
Mientras el debate fiscal se desarrolla en Washington, los legisladores estatales apuntan a algo diferente: la arquitectura del producto mismo.
Nueva Jersey se ha convertido en el laboratorio más activo de regulación responsable del gambling en 2026. El senador Joseph Cryan presentó en enero el proyecto S2160, que busca prohibir las microapuestas en vivo, esas apuestas sobre el resultado de la siguiente jugada, el siguiente lanzamiento, el siguiente saque, que se resuelven en segundos y permiten al usuario acumular docenas de transacciones por minuto. La lógica del proyecto es directa: una apuesta que se resuelve antes de que el apostador tenga tiempo de pensarla no es una apuesta; es un mecanismo de condicionamiento.
Los datos respaldan la preocupación. Desde que Nueva Jersey legalizó las apuestas deportivas, las llamadas a la línea de ayuda para ludopatía del estado aumentaron un 277%.
Un 277%. No es una variación estadística. Es una señal.

Junto a S2160, Cryan impulsa el proyecto S1170, orientado a eliminar las apuestas sobre el rendimiento individual de deportistas universitarios, donde el riesgo de manipulación es estructuralmente mayor que en el deporte profesional. Los proyectos S2356 y S1444 complementan el paquete con herramientas para que la División de Cumplimiento del Juego (DGE) pueda auditar y restringir publicidad engañosa o dirigida a poblaciones vulnerables.
La industria opone el argumento de siempre: prohibir las microapuestas no elimina la demanda, la redirige hacia mercados no regulados en el exterior. Es un argumento válido. También lo es reconocer que construir un producto deliberadamente adictivo y oponerse a su regulación con el argumento de que "la gente igual lo va a encontrar" es, como mínimo, una postura cómoda.
La guerra contra los casinos de sorteos se acelera
El frente más activo de esta semana no está en Nevada ni en Nueva Jersey. Está en Indiana.
La Asamblea Legislativa de ese estado aprobó durante la última semana de febrero, con 86 votos a favor y 12 en contra en la Cámara, y 37 contra 8 en el Senado, la ley HB 1052, que prohíbe los llamados sweepstakes casinos: plataformas que operan con sistemas de doble moneda virtual, donde los usuarios compran fichas que pueden canjearse por premios en efectivo, eludiendo así las leyes de juego tradicionales. Si el gobernador Mike Braun la firma, Indiana se convertirá en el séptimo estado en prohibir este modelo, con sanciones civiles de hasta 100.000 dólares por infracción y entrada en vigor el 1 de julio.
No es un fenómeno aislado. Seis estados prohibieron los sweepstakes casinos en 2025, entre ellos California, Nueva York y la propia Nueva Jersey. En Maryland, cuatro proyectos de ley similares avanzan en paralelo, con audiencias programadas el 5 y el 11 de marzo. Tennessee, Mississippi y Maine tienen sus propias versiones en marcha. Los reguladores de más de una docena de estados han emitido cartas de cese y desistimiento a operadores de este tipo, más de cien en total el año pasado.
El argumento de los detractores de los sweepstakes casinos es sencillo: estos operadores no pagan impuestos de juego, no ofrecen las protecciones al consumidor que exige el mercado regulado, y generan miles de millones en ingresos que no circulan por el sistema fiscal estatal. El de sus defensores también: millones de usuarios los utilizan voluntariamente y dentro de los márgenes legales vigentes. La cuestión de fondo es si esos márgenes eran realmente válidos o simplemente no habían sido cerrados todavía.

El patrón que conecta todo esto
Lo que ocurre en 2026 no es una serie de iniciativas legislativas desconectadas. Es la primera vez en mucho tiempo que el sector del gambling enfrenta presión simultánea desde el nivel federal y desde al menos una docena de legislaturas estatales, con argumentos que van desde la protección fiscal hasta la salud pública, pasando por la integridad deportiva.
La legalización masiva de apuestas deportivas en Estados Unidos, desencadenada por la resolución de la Corte Suprema en 2018, generó un ecosistema que creció más rápido que su marco regulatorio. Lo que está pasando ahora es el ajuste. Siempre llega tarde, siempre es imperfecto, y casi siempre beneficia a unos actores mientras perjudica a otros.
Los grandes operadores con licencia, DraftKings, FanDuel, BetMGM, tienen razones para apoyar la regulación de los sweepstakes casinos y el cierre de mercados no regulados: reduce la competencia desleal. Las plataformas de microapuestas, en cambio, perderán cuota de mercado si los estados más activos consolidan sus prohibiciones. Y el apostador profesional, el que hace de esto su trabajo o parte de él, terminará 2026 con una carga fiscal que no calculaba cuando empezó el año.
La pregunta que nadie ha respondido todavía es si toda esta actividad legislativa, más umbral aquí, menos deducción allá, prohibición de un producto, licencia de otro, tiene alguna coherencia de fondo, o si seguimos decidiendo las reglas del juego mientras el partido ya lleva años en marcha.
Fuentes
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