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Europa le dijo que no. Trump dijo que no los necesitaba. La OTAN lleva 75 años esperando que alguien explique cuál es la diferencia.


El 17 de marzo de 2026, el breve y agresivo intento de Donald Trump de reunir una coalición internacional para vigilar el estrecho de Ormuz concluyó con decepción, lo que llevó al presidente a arremeter contra las naciones europeas que rechazaron sus exigencias de ayuda con su guerra contra Irán. Lo que siguió no fue un desacuerdo diplomático. Fue el colapso en cámara lenta de una arquitectura de seguridad construida después de la Segunda Guerra Mundial.
Francia, Alemania, España, Italia, Países Bajos y Grecia descartaron cualquier implicación militar en la zona, alegando que no es su guerra. El mensaje fue unánime y, en términos institucionales, devastador.

Por qué Europa dijo no: el Artículo 5 no aplica aquí
La distinción técnica es simple pero decisiva. La naturaleza de la OTAN es defensiva y no obliga a sus miembros a participar en operaciones ofensivas. El principio de defensa colectiva —el Artículo 5— solo se ha activado una vez, tras los atentados del 11 de septiembre de 2001. La operación en Irán no se encuadra en un supuesto de defensa colectiva, sino en una acción impulsada unilateralmente por Estados Unidos e Israel.
Dicho de otro modo: Trump inició una guerra sin consultar a sus aliados y luego les pidió que la defendieran como si fuera de todos. Alemania fue especialmente clara: subrayó que el conflicto no había sido consultado con sus aliados y que, por tanto, no correspondía a la OTAN intervenir.
El ministro de Defensa alemán, Boris Pistorius, lo resumió con una frase que ya circula en todos los cancillerías: "Esta no es nuestra guerra; no la iniciamos".
España fue más allá del argumento legal. La ministra de Defensa, Margarita Robles, descartó cualquier implicación: "España no se plantea ninguna misión en Ormuz. Lo que planteamos es la exigencia de que la guerra termine."
La respuesta de Trump: primero pidió ayuda, luego dijo que nunca la quiso
La secuencia tiene una lógica interna peculiar. Un día antes del rechazo europeo, Trump había afirmado que había escuchado de "numerosos" países cuyos barcos estaban "en camino". Al día siguiente declaraba que la mayoría de las naciones de la OTAN no había estado a la altura.
Su reacción pública fue predecible en el fondo y sorprendente en la forma. En una publicación en Truth Social, Trump afirmó: "La mayoría de nuestros 'aliados' de la OTAN nos ha informado que no quieren involucrarse en nuestra operación militar contra el régimen terrorista de Irán. Ante el hecho de que hemos tenido tanto éxito militar, ya no 'necesitamos' ni deseamos la ayuda de los países de la OTAN: ¡Nunca la necesitamos!"
Trump calificó a la OTAN de "tigre de papel" y prometió recordar la cobardía de sus aliados. También sugirió que Washington debería reconsiderar su membresía en la alianza, aunque aclaró que por el momento no tenía nada concreto en mente.
Nadie en Bruselas lo creyó del todo. Tampoco lo descartó.

El contexto energético que lo hace todo más urgente
El bloqueo iraní del estrecho de Ormuz no es retórica. Trump había pedido ayuda a varios países para vigilar el estrecho, por donde se transporta el 20% del petróleo mundial, después de que Irán respondiera a los ataques de Washington y Tel Aviv utilizando drones, misiles y minas para cerrar la vía a los petroleros.
Las consecuencias económicas son inmediatas. El crudo Brent superó los 111 dólares por barril. El gas natural experimentó un repunte intradiario del 17%. Y detrás de esos números hay algo más concreto: el gas natural es insumo fundamental para producir fertilizantes nitrogenados, lo que conecta directamente el conflicto militar con la cadena alimentaria global.
Para el analista Francesco Tucci, docente de Relaciones Internacionales de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas, el rechazo de los aliados no solo limita el margen de acción de Washington, sino que expone una fractura estructural dentro de la alianza atlántica.
Una fractura que no nació el 17 de marzo. Solo se volvió imposible de ignorar.
Lo que Macron propone y lo que nadie acepta todavía
Europa no está paralizada. Está, más exactamente, dividida entre la urgencia de proteger sus rutas energéticas y el miedo a que cualquier movimiento militar se interprete como una declaración de guerra.
Macron contempla, a medio plazo, una misión de escolta marítima, pero condicionada a un escenario sin hostilidades y con respaldo político amplio. Mediotiempo La UE exploró la posibilidad de modificar la operación naval Aspides para reabrir el estrecho, pero varios países se opusieron. El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, confía en una reapertura a corto plazo del paso, aunque sin comprometer tropas europeas en el proceso.
Es la posición más cómoda disponible: esperar que el problema se resuelva solo y declarar después que siempre se estuvo de acuerdo con la solución.
Tres escenarios posibles para las próximas semanas
El tablero actual abre caminos muy distintos. Sin el respaldo de la OTAN, Estados Unidos podría optar por más acciones unilaterales —ataques aéreos y navales contra capacidades iraníes en la zona— o intentar formar una coalición ad hoc fuera de la Alianza, aunque con apoyos inciertos.
La segunda vía es la negociación encubierta. Un eventual canal de salida podría involucrar a China, en un escenario donde ninguna de las partes tiene incentivos claros para prolongar la guerra. Mientras Irán busca mostrar resistencia sin ceder el poder interno, también enfrenta daños en su infraestructura militar; Estados Unidos, por su parte, lidia con el impacto económico y la presión internacional.
La tercera vía es la más incómoda de nombrar: que el conflicto se estabilice sin resolverse, con el estrecho semibloqueado, los precios energéticos elevados de forma permanente y la OTAN convertida en una alianza que solo funciona cuando todos los miembros están de acuerdo en quién es el enemigo.
Esa tercera vía no tiene nombre oficial. Pero es la que más se parece al presente.
Lo que el Artículo 5 nunca pudo prever
La única vez que la OTAN activó el Artículo 5 fue tras el 11 de septiembre, precisamente en respaldo directo a Estados Unidos. Primicias.ec Europa movilizó tropas para defender a Washington. Veinticinco años después, Washington inició una guerra sin consultar a Europa y luego exigió que Europa la respaldara invocando el mismo principio.
La geometría es perfecta. El resultado, previsible.
El primer ministro del Reino Unido, Keir Starmer, fue explícito durante una conferencia de prensa: "Permítanme ser claro: esa no será —ni se ha concebido nunca como tal— una misión de la OTAN." ESPN Trump respondió con sarcasmo: "Keir no es ningún Churchill."
Churchill, al menos, tenía aliados cuando los necesitaba.
Lo que queda ahora no es exactamente una ruptura. Es algo más difuso y más difícil de reparar: la evidencia pública, registrada en actas y comunicados, de que la alianza atlántica solo funciona cuando los intereses coinciden. Y que cuando no coinciden, cada parte declara que siempre supo que era así.
El estrecho de Ormuz seguirá cerrado o semiabierto mientras dure el conflicto. Los precios del petróleo permanecerán elevados. Y en algún edificio de Bruselas, alguien estará redactando el comunicado que explique por qué la OTAN sigue siendo relevante.
Tendrá mucho trabajo.
Fuentes
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